La excelencia: a la ética con el derecho
Por: Oswaldo Duque Luque
“El hombre generoso actúa generosamente porque es generoso, y no porque consulte un código de buena conducta que le recomienda serlo. Los que dicen actuar según la moral parece que llevan siempre encima (...) un papelito donde han escrito: “No olvides ser bueno”. De semejante protección contra el mal no me fío en absoluto. A la hora de la verdad, cuando se ve obligado a actuar con rapidez, ¿tendrá nuestro buen hombre tiempo de consultar el papelito?
C.Rosset (Tomado de La fuente de los valores en
Política de la alegría o los valores de la izquierda. Pere Saborit)
La excelencia es de por sí un concepto particularmente relativo, en la medida que desde cualquier conducta se puede alcanzar esa calificación: Un buen ladrón, un excelente timador, un buen juez, un buen ciudadano. La excelencia en sí misma no define ningún valor. En el caso de quien actúa como representante del interés público, la excelencia tan solo puede adquirir un valor sustancial si la ética va de la mano con el derecho.
Es con ese propósito que me propongo dudar de la siguiente máxima como contenido de la excelencia en el caso de nuestras funciones.
“Ser excelente es hacer las cosas, no buscar razones para demostrar que no se pueden hacer”.
La generalidad de la máxima invita a reflexionar sobre nuestra conducta en el caso de que nos llegaren a pedir que dispongamos sobre un derecho o la expedición de un acto atribuido a otra autoridad, si tenemos que prescindir de la razón para demostrar que no lo podemos hacer y alcanzar la cúspide la de excelencia que nos impone a toda costa hacer las cosas: Un fin en sí mismo, autónomo de la razón.
Tamaño de nihilismo podría llegar a maximalizar la arbitrariedad a categoría de principio ético, lo cual invita inaguantablemente a tomar una posición acerca de la determinación democrática o autoritaria “del hacer las cosas”, desde las cuales se puede ser igualmente excelente.
Valga la pena recordar que el filosofo de la ilustración, Inmanuel Kant, culmina La metafísica de las costumbres con la siguiente afirmación “La ética no puede ampliarse más allá de los límites de los deberes recíprocos de los hombres”. El concepto secular de ética que propone el pensador será el que lleva el hombre en su interior y que lo une a la regla general, lo cual se resume en la proposición según la cual: “el deber es la necesidad de una acción por respeto a la Ley”. Es el deber la ley universal, toda vez que la ética es una regla singular que no alcanza ese reconocimiento, tan solo la ética imbricada en el deber hace el derecho.
El tema es de tal trascendencia que además tiene resultados prácticos: lo único que no se discute en las Instituciones de un Estado Democrático de Derecho son las competencias, que vienen a ser las facultades que la voluntad general delega en una persona, a quien no le queda más que actuar conforme a ella como un representante de la voluntad general que es el interés público y a quien no le queda bien “buscar razones” para no orientarse en consecuencia (Capítulos 2 y 5 de la C. P.) . Pero, la finalidad no es cualquier cosa, es ni más ni menos que la voluntad general, que a partir de allí está representada en la Ley superior y sus derivados, que son ella misma y no una entidad separada.
Las éticas restringidas tan solo tienen amparo constitucional en cuando hacen parte del libre desarrollo de la personalidad, pero de ninguna manera como una entidad metaconstitucional o paralegal con carácter general y coactivo. La ética normativa del Estado Derecho y de las sociedades que aspiren a construir democracias, es la del deber ínsito en el derecho, pero no más allá, y menos contra el derecho como razón practica general.
Elias Díaz, en su texto Estado de Derecho y sociedad democrática enseña como es que la fórmula empleada en el postulado del Estado ético aparece como la cobertura ideológica que los estados autoritarios utilizan para la destrucción del Estado de Derecho.
Por esa razón, estimo que al principio de excelencia se le debe introducir una sustancial modificación, para lograr que tenga más importancia el sentido de la vida, que la vida del sentido, ya que estamos frente a la ética de la función pública y no propiamente de la producción de bienes materiales. Para lo cual propongo lo siguiente:
”Ser excelente es cumplir con las funciones que le están atribuidas por la Ley, sin que sea válido emplear argucias para justificar que no las puede ejercer o para ejecutar las que no le corresponde”.
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